martes, 21 de abril de 2009

El despertar

Se alejaba la oscuridad como quien cierra cientos de cajoncitos en el fin de la penumbra. El amanecer iba entrando , poco a poco, con cierta travesura de indiscreción.
Leila, sentada sobre su aletargado estado insomne sostenía una taza de té que dibujaba aureolas zigzaguentes frente a sus diminutos ojos azules.

Todo, era ese puro silencio del alba en el que se abría el alma de Leila como un gigante espejo magenta azulado que abanicaba la calma plenitud el horizonte. La vida fluía en cámara rápida y el aire comenzaba a teñirse de un dorado amarillo que flotaba y se derramaba como cortado de a gajos de limón.

Leila abría su boca tragando la mágica transición en la que la noche y el día se desentrelazan entre sí. La tierra humeaba el vapor del rocío.

Leila, acurrucada en el portal se sentía como miles de cristalitos rotos , unidos por un frágil lazo de seda.

El día comenzaba a adueñarse de sí en cada chispa de luz como una diadema.

Una vaga inquietud surcaba uno de los cristales , con forma de pie, dentro la joven enlazada en seda ¿era el despertar tan solo una sutil trampa del alma?